DÉCIMO PRIMERA APROXIMACIÓN
Análisis Institucional en Educación?
Buenas.
Somos un grupo de analistas institucionales en educación.
Les proponemos, en primer lugar, compartir categorías e ideas sobre éste tema (de la mano de dos principales teóricas: Lidia Fernández, Lucía Garay, y luego un caso (en formato relato de una docente) de aplicación práctica.
Les invitamos a comentar, en el apartado de comentarios de esta entrada, para enriquecer éste aprendizaje, constitutivo de toda práctica educativa.
Si no pueden visualizarlo aquí, les dejamos el enlace vinculado:
Análisis Institucional - Lidia Fernández primera parte. Programa 12(ntes) transmitido por la Tv Pública. Año 2009. https://www.youtube.com/watch?v=E1SD3yb4Z0E
Análisis Institucional - Lidia Fernández segunda parte. Programa 12(ntes) transmitido por la Tv Pública. Año 2009. https://www.youtube.com/watch?v=ONSBIoRDK0M&t=10s
Y si no pudieron ver les dejamos una síntesis de los contenidos mas relevantes de los exponentes.
Proponen "El análisis institucional" como una una manera de comprender "modos y los obstáculos". Lidia Fernandez (entrevistada) plantea la institución como una construcción cultural que tiene dos fases, una cara externa al sujeto y una cara interna el sujeto mismo. Por lo tanto se habla de un doble análisis, de los modos de comportamientos y respetando a ciertos marcos reguladores pero entendiendo también al sujeto. Por lo tanto desde un foco externo hay que ver a la escuela, ver que conflictos hay, como funciona, cuales son sus metas, y complementarlo con el sujeto. Esto implica ponernos en la función de analista con esta doble mirada.
Áreas cruciales a tener en cuenta para el análisis según Lidia, en primera instancia menciona tener en cuenta "tiene que ver con la realización del trabajo" si no se cumplen las actividades la escuela no existe; a esto se le suma que "la perdida de creencias" se descree en si eso que se está haciendo, otra área es el sostén de las "condiciones materiales instrumentales para que las tareas puedan ser hechas" el "mantenimiento y sostenimiento psíquico de los sujetos", para puedan estar y hacer su trabajo y enfrentar las situaciones. Estas son las áreas que menciona como cruciales para hacer el análisis. Entonces, el colectivo debiera identificar estas áreas y ver de trabajar en su resolución. Incluso propone, no importa a veces lograr la resolución de los conflicto, pero si es importante para el grupo encontrarse en alerta, frente a ala dificultad y sostenerse en la búsqueda.
Para la entrevistada Lidia, hacer un análisis institucional, aporta a la escuela, al sujeto entendimiento de la complejidad de la trama social, y de las instituciones y de como las percibe el sujeto. Se alcanza una mayor comprensión de aquellas cuestiones instituidas. Identificar aquellos conceptos, visualizarlos para marcar caminos de acción."los colectivos pueden des obturar a partir de la comprensión" y pueden recuperar confianza en el cuerpo colectivo, y hacer un proceso creativo. Habla de la intervención en el sentido de entrometerse, de irrumpir y ejercer el control y lo postula como un aspecto negativo. propone hablar de intervención como un espacio entre. Un espacio entre entre el sujeto y el las instituciones, para advertir los marcos de significaciones a través de los cuales percibe, y puede ser instalado por un acontecimiento.
Nuestro caso de Análisis Institucional
El relato se llama “Ángel”. Es parte de la publicación 'Che, maestra. Relatos de experiencias educativas'. Su autora es María Belén Cairo Sastre; y se publico por Editorial De los cuatro vientos. Buenos
Aires, en el año 2005.
Tuve un Ángel. Explico: tuve, no hace
mucho tiempo, un alumno adolescente de nombre Ángel. La escuela está ubicada en
Laferrere, Partido de la Matanza, provincia de Buenos Aires y es un Centro de
Enseñanza de Nivel Secundario que funciona en horario nocturno.
Haciendo abuso de la paradoja, este
Ángel era un verdadero Demonio. Recuerdo, con nitidez inusual, las primeras
clases: yo trataba de presentar la asignatura y de tentarlos con sus
contenidos, leía fragmentos apasionantes que dejaba inconclusos, recitaba
poemas provocadores y disfrutaba de sus carcajadas de asombro y vergüenza.
Recitaba fuerte, recitaba y no leía. Él, Ángel, un primor: lanzaba acotaciones
grotescas en medio de la clase, bostezaba escandalosamente y, los días de mayor
tranquilidad, en los que se calzaba los
auriculares, soportábamos sus eléctricos movimientos y un susurro estrepitoso y
lejano de cumbias. Como se admitirá, la situación (que además se agravaba día a
día) era insoportable para el desarrollo de una clase. Mis solícitos pedidos de
decoro ocasionaban en él respuestas escandalosas que, para colmo, promovían la
dispersión del grupo. Y ¿Qué quiere? Si Usté se hace la poeta.
Juntando todas las yemas de los dedos
de la mano derecha las movía enérgicamente hacia arriba y hacia abajo. Le pedí
que se sentara más adelante y aceptó.
Yo tenía la esperanza de poder
contenerlo mejor si estaba más cerca porque se había ubicado, desde el primer
día, al final de la hilera izquierda, donde los bancos se agrupan de modo tal
que cierran el pasillo y resulta imposible acceder con el deambular
característico que nos surge a los docentes cuando explicamos un tema o leemos
en voz alta. Ángel aceptó sentarse en el segundo banco de su misma hilera pero
no modificó en lo más mínimo sus actitudes. Cada día, antes de comenzar mi clase,
pensaba qué estrategia podía poner en juego a la hora de abordarlo: en algunas
ocasiones intentaba el enojo, en otras el discurso largo y la explicación, el
cariño, la fraternidad, la simpatía, la furia.
Un día, después de muchos intentos, me cansé. Y ante su primera interrupción –profanando la psicología de adolescentes que alguna vez leí -me levanté las mangas de la camisa mientras me acercaba a él resueltamente y mirándolo a los ojos le dije, con seriedad, O te dejás de joder o esto lo resolvemos en la esquina, a la salida...
Ángel mide más de un metro ochenta, tiene unos rulos negros y brillantes que le atraviesan los hombros (separados a fuerza de cargar baldes con escombros) y fundamentalmente, se sabe superior a muchos a la hora de resolver los problemas a los golpes; de modo que me miró a los ojos con supremacía, sonrió levemente levantó las dos palmas abiertas, inclinó hacia abajo la cabeza sin dejar de mirarme y, con la generosidad larga de quien se siente seguro dijo: Todo bien Profesora.
Desde aquella noche de otoño incipiente
jamás volví a tener un alumno tan incondicional: mi lenguaje se había alejado
del discurso jactancioso de siempre para acercarse al que se utiliza para
nombrar, no para engañar o fascinar. Ángel había fracasado en reiteradas
circunstancias dentro del circuito educativo. Era la cuarta vez que empezaba Primer
Año (las dos primeras en diferentes instituciones) y, entre uno y otro intento,
había hecho changas de albañilería y otros trabajos tan precarios que, a poco
de andar buscándolos inútilmente por la calle, empezó a robar.
Supe que robaba después de tenerlo
durante un año como alumno, ya nos conocíamos y queríamos lo suficiente como
para que no nos avasallara el prejuicio, ya intentábamos el código del otro
para comunicarnos y nos salía bastante bien (aunque él no aprobara mi asignatura
ni yo pudiera descubrir la veracidad de sus narraciones orales). Revivo
claramente el momento en el que lo supe ladrón y, a más de ladrón, asesino.
Fue una noche de un calor especialmente
pegajoso, los mosquitos hostigaban con duros picotazos y, junto a un grupo de
alumnos jugábamos ironías verbales respecto del Dengue, a falta de una
verdadera protección, a sobra del miedo que las campañas publicitarias
infundían en lugar de erradicar la calamidad. Ángel era de los pocos jóvenes
que llevaba una campera de jean puesta; si digo joven es sólo para
diferenciarlo de algún modo de las alumnas mayores, que nunca van a la escuela
sin un saquito puesto o colgado prolijamente en el antebrazo, por si refresca.
Para iniciar un diálogo de recreo le pregunté si no tenía calor, a la vez que
hice un breve gesto para correrle la campera. Tenía el mango marrón,
inconfundible, de un arma saliendo de la cintura. Llevaba una remera negra con
enormes y coloridos dibujos estampados. Yo apenas atiné a decirle que no se podía
traer armas a la escuela y que en general me parecía mejor evitarlas, también
en la vida. Se lo dije seriamente, mirándolo esos ojos oscuros y rasgados como
ojales, siempre atentos al mundo externo, siempre observando movedizos y
vivaces. Él, rápido como si hubiera ensayado mil veces esa respuesta, dijo, Si
aquel también la trae y nadie le dice nada. Señaló a uno de los estudiantes
pertenecientes a la Policía Bonaerense que, llegaba a la escuela directamente
del trabajo, aunque sin uniforme. Lo señaló, no con el dedo de indicar cruzando
el aire como una flecha; lo señaló con la mano izquierda completa, de perfil,
como una cuchilla y un gesto terriblemente despreciativo que produjo en el
rostro mordiéndose el labio inferior, levantando las cejas, arrugando la frente
y echando levemente toda su cabeza hacia
atrás. ¡Es su herramienta de trabajo! Repliqué con cierto enojo. ¡La mía
también! Ángel encogió los hombros, a mí, me inundó el desconcierto y me brotó
el discurso moral. Pacientemente fui escuchando los recortes de la historia que
me iba regalando; día a día sumaba una pieza que me abría otra puerta de su
laberinto, que me sorprendía, que me ensañaba y me desalentaba a la vez.
Habíamos empezado la lectura conjunta
de Martín Fierro. En general, a todos les gustaba, lo disfrutaban y se reían.
Algunos padecían, al principio, el vocabulario; pero, poco a poco, se iban
acostumbrando a él y a mi traducción instantánea, al tiempo que la trama los
iba envolviendo, fagocitando dulcemente hacia su interior. Ángel leía para sí,
nunca en voz alta, y yo presumía que con marcadas dificultades. Sin embargo, al
llegar al episodio en el que se cuenta detenidamente cómo Fierro acuchilla al
Negro pobló el aula con una risotada
grosera, estentórea y feliz acompañada de un ¡Qué hijo de puta! desbordante de
admiración. El resto de los alumnos pasó velozmente del silencio de asombro a
la carcajada conjunta. ¡Angel! Grité. Y
nuevamente pensé en Satanás, con cariño y desconsuelo.
Lidia Fernandez, en su libro "Instituciones educativas" señala como ámbitos de análisis: lo individual, lo interpersonal, lo grupal, lo organizacional, lo social inmediato y lo social amplio.
En el relato del caso "Ángel", podemos observar que la mirada esta puesta en él, como sujeto que aprende o no aprende, dejando por fuera otras dimensiones que actúan sobre su aprendizaje. Lo que queda claro es que Ángel no aprende, y que solo contamos con lo que la maestra sostiene que pasa con él a lo largo del ciclo escolar. Lo que cuenta la maestra por lo general refiere a sus formas de estar en el espacio aúlico, a su comportamiento, a la forma en que el estudiante rechaza los contenidos de su materia, y en general sus observaciones tienen que ver mas con señalamientos que con reconocimientos. Lidia al respecto señala que el modo como el aprendizaje varia y es utilizado como manera encubierta de aprobación o cuestionamiento a la autoridad de los docentes y a la existencia de la escuela, o la medida en que la fantasmática circulante inhibe la posibilidad de comprender y pensar sólo se percibe cuando ampliamos nuestra mira para abarcar el establecimiento. La forma como con su fracaso escolar el sujeto cumple el "mandato" social (inconsciente) de su grupo social, que se resiste a la integración, o la medida en que su éxito estaba prenunciado por su pertenencia a una clase dirigente o marginada, solo se advierte si ubicamos al sujeto en ámbitos sociales más amplios.
En el relato no aparece una mirada respecto al establecimiento, lo que nos hace pensar que la docente actúa en soledad, tratando de acercarse al estudiante, pero cada vez que lo hace y conoce mas de su realidad, opera el discurso moral, el prejuicio y la inacción por parte de ella en relación a estrategias que posibiliten que Ángel pueda establecer una conexión con los contenidos y la materia. Lucía Garay sostiene que para el individuo singular la educación es el proceso que le posibilita, o no, su humanización; su transformación en un sujeto social identificable como miembro de su grupo y su cultura. A su vez, le posibilita, o no, su individuaciòn en termino de formar su identidad y construir su proyecto histórico personal. En el relato, la maestra cuenta que Àngel comienza a robar debido a la precarizaciòn laboral en la cual estaba inmerso y que lo llevo a que hoy cargue un arma, en la escuela. Algo permitido para algunxs pero no para otrxs segùn lo marca la maestra. Ella logra establecer una relación con el estudiante que permite conocer su realidad, pero ante eso su accionar solo se orienta a regular su comportamiento en el aula ya que el estudiante continua durante el año lectivo reprobando su materia. Como estrategias de acción planteamos priorizar el cuidado del vinculo pedagógico, para posibilitar que se produzca el proceso de enseñanza aprendizaje y pensar desde la escuela estrategias que puedan colaborar con la docente en este caso y acompañar a àngel en su proceso de aprendizaje.
